El niño deficiente ha sido objeto de mucha atención por parte de pedagogos, psicólogos, maestros y médicos, en los últimos años, que han culminado en la idea de la necesidad de tratarle con métodos de educación especial que hagan de él, un miembro útil para la sociedad.
La música ejerce una influencia poderosa en este tipo de niños, con frecuencia, responden mucho más pronto a una actividad musical que a cualquiera de otro tipo.
Ya antes de 1940, la música se utilizaba en la educación de estos niños. Desde entonces, la aplicación de la musicoterapia con discapacitados, ha evolucionado más rápidamente que ningún otro empleo de la música como terapia.
Según Benenzon, “la Musicoterapia actúa fundamentalmente como técnica psicológica que permite la modificación de los problemas emocionales, de las actitudes, de la energía psíquica; de tal forma que permite modificar cualquier patología del ser humano, y contribuye positivamente a abrir canales de comunicación con el paciente, que permitan la aplicación de las técnicas terapéuticas que puedan aliviar su deficiencia, de una forma más fisiológica”.
Tomando como base esta idea, el musicoterapeuta, frente al deficiente mental, debe asumir dos actitudes internas claras: la primera, despojarse de los conocimientos del cociente intelectual y edad cronológica del paciente, y la segunda, enfrentarse a un ser humano a quien van dirigidos, a través de un lenguaje de comunicación especial, una serie de mensajes que le servirán para su desarrollo ulterior.
En consecuencia, debemos desechar la idea de la incapacidad del deficiente mental para comprender mensajes en un contexto no-verbal, que en apariencia parecerían difíciles para su comprensión; y que no se incluían en principio en el campo del tratamiento del musicoterapeuta.
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